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A pesar de que muchos quisieron ver en ella a la "primera dama" de Cuba, Celia nunca lo fue. Porque Celia estaba por encima de nomenclaturas ruidosas y cargos vanos. Porque nunca sintió la ambición de querer serlo. Porque su amor por su pueblo y su entrega al movimiento revolucionario hacían imposible la existencia en esta mujer de sentimientos tan bajos como la ambición o la codicia. Hoy se cumple el 30 aniversario de su muerte, y se me ocurre ensalzarla enumerando los muchos logros que tuvo en su vida. Muchos cubanos recuerdan aun a la mujer que organizó la ayuda a los expedicionarios del yate Granma, su indispensable apoyo durante el desarrollo de la guerra, e incluso su entrega en las responsabilidades de Estado que le fueron encomendadas tras el triunfo de la Revolución. Pero 23 años de dedicación al movimiento revolucionario cubano no caben en una carilla. Y lo verdaderamente importante es que todo lo que hizo, lo hizo con el corazón. Con él prefirió escuchar a ser escuchada, ayudar a ser ayudada, aconsejar a ser aconsejada, hasta comprender a ser comprendida. Incluso prefirió amar sin ser amada. Era su manera de sentir la vida. Así, tampoco tendría sentido confundir su grandeza con un vulgar modelo de conducta, porque Celia nunca pretendió ser un modelo. Celia era muy pequeña para ser un modelo. Quería ser pequeña, con su prudencia y sus silencios, con la meticulosidad con que llegó a colocar hojas de papel carbón bajo las notas escritas por Fidel Castro aun en las duras condiciones de la guerra de Sierra Maestra. Con su pasión por ayudar, por dar sin querer recibir nada a cambio, durante toda su vida y hasta un día como hoy hace 30 años. |
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