Ocho días después de que el Ayuntamiento de Vic decidiese combatir el ascenso electoral de la ultraderecha racista con el imaginativo método de hacer suyas sus propuestas, los socialistas catalanes descubrieron el Mediterráneo al fin.
“Es impresentable que en una situación de dificultad económica queramos exigir requisitos que antes de la crisis no pedíamos”, dijo ayer el portavoz del PSC, Miquel Iceta, después de anunciar que la ejecutiva de su partido ha ordenado a sus concejales en Vic que rechacen la xenófoba ocurrencia.
La condena llega tarde, después de más de una semana de cobardía en la que los socialistas catalanes han preferido no molestar a la jauría humana, que ya se sabe que esto de la inmigración es muy impopular y queda poco para las elecciones. Aún siguen ahí, en la equidistancia, pese al leve giro de ayer.
“Nuestro partido rechaza los dos extremos: el buenismo, cerrar los ojos ante los problemas, y la xenofobia”, dijo también Iceta. Debía de ser la consigna del día, porque incluso el president Montilla criticó el “discurso buenista” que da “argumentos a los xenófobos”.
En realidad, el proceso es justo el contrario. Son los xenófobos los que están dando argumentos a muchos dirigentes socialistas, que han rendido el discurso hasta el punto de copiar los insultos de la derecha. ‘Buenismo’ es una palabra que popularizó la FAES en 2005 para ridiculizar a esos “progres ingenuos” que aún creen en la bondad humana.
Y esto no funciona así, chavalito, que no te enteras, que aquí comes o te comen; que en esta selva sólo sobreviven los más fuertes y el mundo es de los valientes, esos que llaman a las cosas por su nombre y se atreven a plantar cara a los más poderosos. A los inmigrantes sin papeles, por ejemplo.
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